lunes, 28 de septiembre de 2009

Postal de Cali




A través de los vidrios rotos de mi ventana
el azul de esta mañana me lava los ojos,
voy bañado por una lluvia de infancia
hacia el hogar musgoso
donde frutos se ofrecen
en sazón.

Esta luz azul también
refresca mis huesos
y me invita a creer
en la vieja esperanza.

Esta mañana es real
como el púrpura de la veranera
contra el aire.

La congoja es experta
en la búsqueda de un tema clásico.


Cali, junio de 1997


Por Medardo Arias Satizábal.

De lo remoto

Si de algo remoto hablamos
es del canto del gallo;
esa canción monótona
funda la mañana bíblica
siembra incertidumbre
en el reo que espera ver
 amanecer
 de cara al huerto.

El gallo triplicó la peste
cuando una mano en sangre
anunció el desfiladero
de los condenados
en la puerta de los gentiles.

La mañana imperial de Roma
tuvo en esa balada
un blasón
para cubrir con alguna nobleza
la rueda lenta del esclavo
la noche del circo
y el vicio.

Canto de gallo
es el alba silenciosa de los derviches
la cabeza que yace sin ojos
al fondo de los alambiques
vino negro para trenzar
maldiciones
a las más viejas locuras.

En lo alto de una azotea en Creta
alguien petrificó al perfil del alba
la cresta erguida
corneta al mar.

Si de algo remoto hablamos
es del canto del gallo;
su cuello dorado
inaugurando la trinchera de los galos,
su plumaje hecho bandera
arrumado del lado de la pólvora
gasa de los hospitales,
su mirada soberbia
tras el tambor de la guerra.

Si un gallo canta
sabemos que aquello viene de bien lejos.


Por Medardo Arias Satizábal





A tientas







Como un ciego que busca
el amarillo en el resplandor de un intuído sol,
cruzo dormido la madrugada de la casa
buscando a tientas el baño que el paso del tren ilumina.
Mientras el pito de la máquina huye en las sombras
sé que a la derecha de mis pasos también la bicicleta duerme
agobiada de sombras,
y a la izquierda la sábila me roza el pantalón del pijama,
con la voz suave de los cómplices;
 al doblar hacia el baño,
otra vez,
me llama desde la tierra del jardín
ese fuego diminuto que advertí desde la infancia
en los potreros de Colombia,
fuego anunciador de entierros.
“Debes ser valiente; ir ahí y cavar rápido hasta desenterrar
tu olla de oro; evita la compañía de los codiciosos, pues la olla
lo sabrá y se hundirá en la tierra para siempre…”
decían los campesinos.
Me pregunto entonces a qué tesoros llama esa luz
en el amanecer de Connecticut,
quién escondió para mí sus monedas doradas
bajo el peral sin hojas, quemado ahora por el invierno.
Dejo que aquella cesta de fortuna se eleve en el vapor y huya
en el cielo de esta naciente mañana,
cuando ya el hada de los sueños me ha llevado hasta el sahumerio
de un muelle del siglo XVIII;
en breve encenderán maderos bajo mis pies
y moriré en el fuego de los herejes.







Por Medardo Arias Satizábal.







Razones para estar vivo



Puedo dar fe de la pulpa de las peras,
del jugo lechoso de las manzanas amarillas,
del vino rojo, espeso y dulce de los mangos
escurriendo entre mis dedos,
del perfume edénico del limonero
en la medianoche de las neblinas
y de esta fragancia frutal que me lleva
por el aire del trópico
frutanauta encantado.
Puedo dar fe, otra vez,
de las mandarinas que nos presienten
desde sus cascos de suave almíbar
de los aguacates que se pliegan a las cucharas
con la suavidad de un beso,
del melón en la nítida luz de la mesa,
de las guanábanas abiertas en la tierra
desgajadas al mundo desde su leve madurez,
de los zapotes derramados a la avidez del ojo,
su fibra de miel desnuda,
su impúdica pulpa
exhibida en la carreta
entre el ardoroso atardecer de un lunes santo.
Puedo dar fe del viscoso almíbar de los caimitos,
de su néctar más hondo.
¡Ah!, qué decir de las badeas,
su frondoso techo vegetal
sobre nuestro vocerío infantil,
sus jugos saciados por la sed de los pájaros,
perfume ventilando el recuerdo.
También sé que las piñas guardan
la húmeda serenidad de los azúcares recónditos,
que la papaya juega a ser humilde
y es doncella de insospechadas lujurias.
Me perdonan las frutas que ahora no puedo recordar,
pero la carne tierna de las pipas,
cocos mecidos en el parto de las palmeras,
confirma otro motivo para estar vivo.
Doy gracias por el agua del coco
dulce como tus pezones
entre el sueño de las sábanas,
bebida silvestre a la boca del errante,
agua destilada del océano,
savia venida del corazón de las ballenas.
Gracias doy por estos dones;
gracias, muchas gracias!

Por Medardo Arias Satizábal

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Los funerales de la luz





La noche es el naufragio de los barcos errantes
la sentina donde se doblan
las flechas lanzadas por los arqueros
del sol.
La noche es la voz de la ciudad levantándose
entre luces,
los perros reconociéndose en sus últimos ladridos,
niños que lloran al fondo de los patios.
Lanzas de luz
quiebran sus aristas contra
esta alta pared de sombras.
La tarde es una basílica abolida,
incendio de oro viejo
perseguido por una carreta de potros negros,
bóveda negra en la que Eolo
hace volar pompas azules.
En el instante en que se rompe el día
cambia también la música del tiempo,
caben en la luz ritmos profanos
y los lutos del sol llaman a trenos sacros.
Noche y día,
músicas distintas,
clavicémbalo a dos tonos
entre la tempestad del mar.

Por  Medardo Arias Satizábal